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Viajar y no salir de casa Destacado

Publicado en Antiguos alumnos
Escrito por  18 Septiembre 2015 ¡Escribe el primer comentario!
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Tras un mes en un país extranjero estoy sorprendida de todo lo que se puede aprender en tan corto tiempo, siempre y cuando te fijes en lo que ocurre a tu alrededor, claro. Pero, sobre todo, me siento abrumada ante todo lo que me queda por aprender. Ansío conocerlo todo: las costumbres, las gentes, la comida, los lugares… Es genial cuando camino por la calle confiada en que ya sé moverme por aquí y, de repente, ¡zas!, ocurre algo totalmente nuevo, algo totalmente inesperado que me hace reestructurar todo lo que pensaba que ya sabía sobre este país. Es como volver a ser un bebé conociendo un mundo que es completamente nuevo para él.

Y es por ese afán de ser continuamente sorprendida por lo que intento siempre huir de lo ya explorado, adentrándome en lo desconocido.

Aunque me dé miedo.

Aunque sé que me expongo.

Aunque sé que corro peligro (tampoco demasiado).

Aunque tenga que asumir riesgos innecesarios.

Pero es que lo contrario de vivir es no arriesgarse, y yo soy demasiado joven como para aceptar mi muerte así de buenas a primeras. No.

Quiero vivir.

Quiero experimentar.

Quiero probar lo nuevo.

Quiero equivocarme.

Y quiero aprender de los errores que cometa.

Con todo esto, no sé en qué momento se me ocurrió que salir de fiesta con españoles era una buena idea: me aburrí y no aprendí absolutamente nada. Bueno, eso no es del todo cierto. Sí que aprendí.

Aprendí que los humanos somos animales de costumbres y que lo que la mayoría ansía es mantenerlas allá donde vaya, sin pararse a pensar en todo lo que se están perdiendo.

Aprendí que a veces el miedo a lo desconocido es tan fuerte que hace desconfiar de todo y todos, llegando incluso a difamar sin tener ni puta idea de lo que se está hablando.

Aprendí que ese miedo es la base del racismo y la xenofobia: odiamos lo diferente porque lo tememos, lo consideramos peligroso. Entonces nos alejamos de ello, buscamos lo conocido, nos aislamos como grupo y, como grupo, nos creemos mejores que el resto. Y así no hay quien aprenda nada de los demás.

Tengo suerte de vivir en una residencia de estudiantes en la que, de momento, no me he encontrado a ningún español. Sólo supe de dos españolas que vivieron aquí y se fueron sin haber conocido a nadie. Luego se fueron al centro de Riga y ahora solo salen de fiesta con la pandilla de españoles (hay un grupo de WhatsApp y todo en el que, por supuesto, espero que no me metan). Me preguntan sorprendidos cómo puedo aguantar aquí y yo contesto que, aunque las instalaciones no son especialmente buenas (el internet es por cable –aunque tiene solución– y el grifo de la ducha es como los de los bares, los que se cierran solos en poco tiempo), la gente es genial a pesar de que –o precisamente por eso– no haya españoles (comparto habitación con una india, baño con una rusa y cocina con turcos, alemanes, finlandeses, uzbekistaníes… Y así da gusto).

No es que me vaya a convertir – o al menos no más– en una exaltada en contra de lo español. Pero si “español” significa griterío, hablar todos a la vez, creerse mejor que el resto del mundo y cerrarse a lo nuestro… Me veré en la obligación de hacerme pasar por alemana.

Pero sé que España no es sólo eso. En España hay un montón de cosas buenas (por ejemplo, el fuet “Fabricado en España” que me estoy comiendo mientras escribo esto) que nosotros vivimos como algo normal (en Alemania no suelen comer patatas fritas… ¡¡patatas fritas!!). Pero no es sólo la comida (lo siento, son las 10 y aún no he cenado, tengo hambre), es también nuestra manera de ver la vida como algo que debemos disfrutar y exprimir al máximo; nuestras verbenas y romerías, con nuestros bailes; nuestra hospitalidad, dependiendo de a dónde se vaya; nuestra manera de relacionarnos, tal como Jesús nos aconsejó: amándonos los unos a los otros. En definitiva, la alegría de estar vivos, esa que nos hace celebrar cualquier cosa con un brindis (o con los que haga falta).

Realmente es una pena que todo eso se quede empañado por nuestra fama de vagos, por nuestras costumbres sangrientas y crueles, por ese medio país que sigue votando a la derecha por fanatismo facha, por lo racistas que a veces somos sin darnos cuenta de que la variedad es riqueza y que nuestros orígenes son de lo más variados.

No me avergüenzo, ni muchísimo menos, cuando digo que soy española. Pero inmediatamente después me veo en la necesidad de especificar que soy del norte y que en el norte la grandísima mayoría renegamos, por ejemplo, de la tauromaquia. Es una pijada, pero no quiero que me identifiquen con el español prototípico, aquel que cree que lo suyo es absolutamente mejor y que no merece la pena conocer nada nuevo.

Aquel que viaja, pero no sale de casa.

photo credit: Old town as seen from the river via photopin (license)

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