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Mamá, tu también te alegrarás de saberlo: Tras veintialgunos años de desastre(s), por fin he crecido!

 

Por desgracia para nosotros, vivir en este país supone ser niños hasta mas allá de lo que nos gustaría o de lo que podemos reconocer, y yo hoy doy ese paso a la vida adulta (mundo trátame bien), esperando que sea mejor que la anterior. Sé que Platón y nuestra relación amor-odio estarían orgullosos de que alguien más que él tenga varias realidades; y querido compañero de batallas, esta vez no puedo achacar la realidad a ninguna droga como alguna vez te he reprochado.

He vuelto para quejarme, porque en los pequeños momentos en los que segundo de bachillerato no tiene acorralada mi alma contra una enorme pila de apuntes por estudiar, me da por pensar, y posiblemente la misma pregunta que me hago yo ya se la haya hecho mucha gente antes de mí, seguramente todos aquellos que han tenido que enfrentarse a Luces de bohemia antes de un examen de PAU , o pasarse una divertida tarde con Los santos inocentes deberían haber enseñado a Delibes a poner comas y seguramente mucha gente después de mí se lo seguirá preguntando.

Parece mentira.

 

Querida yo hace 365 días (válido para todos los que vais a hacer un cambio este año, para los que empezáis el instituto, os vais de casa, acabáis la universidad, cambiáis de trabajo, etc.)

 

Querido nudo en la garganta, te estoy viendo, hecha un ovillo sobre la cama, quizás dormida entre los libros y el ordenador, pensando en el examen que se acerca; aguanta. Te suplico con todas mis fuerzas que no te rindas, te aseguro que lo lograremos, que nada podrá con nosotras, y sé que te rendirás… que lo dejarás, pero te arrepentirás. Un año después también estamos entre apuntes, pero hemos elegido estar aquí, hemos elegido que nuestro único momento libre sea para estudiar. Te prometo de verdad, que llegará ese día, que presentaras tu maravilloso proyecto, que subirás a ese escenario y que te darán tu diploma. Ese por el que has luchado. Ese al que aun estoy haciendo un hueco en la pared.

Totalmente abatido, abandonó el aula. Cruzó la sala, llegó a las escaleras y, cabizbajo, comenzó a dejarse caer peldaño a peldaño. Paso a paso. Todos los que había dado para llegar ahí. Todos los que estaba dando en ese momento marcha atrás. Todo lo que había conseguido. Todo lo que le estaban arrebatando.

Llevo una media de doce años estudiando, conozco a la perfección (o al menos eso debería) los teoremas matemáticos más importantes, conozco la formación y la localización tanto de provincias, como de montañas y capitales, puedo analizar oraciones realmente largas de sintaxis, te recito las teorías filosóficas de Platón por completo, supuestamente puedo hacer ejercicios de física o química y sin embargo, ni yo, ni ninguno de los que puedo tener de compañeros de clase creo que tengan mucha idea de qué hacer exactamente con su vida. Y con esto no me refiero a que sepamos o no qué carrera o FP queremos hacer, eso siempre lo tenemos claro, básicamente porque es lo primero que te preguntan cuando te conocen, no podéis negar que a todos os han preguntado alguna vez "¿Y ya sabes qué quieres estudiar?", como si eso fuese lo más importante, que sí, que es importante tener claro en todo momento que quieres estudiar, y lo que quieres hacer académicamente, pero de verdad, que el día que alguien me conozca, y se preocupe más por como soy, por mis valores, o por como actúo ante las cosas que quiero y que me importen, que por mis notas en el colegio, y la carrera que quiero estudiar, entonces...quizás entienda a la gente.

Has cambiado mi rutina. Mis noches. Mis ilusiones. A mí. Por completo. Y sigues haciéndolo.

 

Han pasado meses desde que comencé a sostener tu mano llena de años mientras miras hacia otro lado, como si la vida ya no fuese contigo, o al menos no la mía. Como si esos ojos verdes ya no me perteneciesen como han hecho los 21 años que he vivido en este mundo.

“Que yo no quiero la casa, el perro y los hijos.

Que quiero su cuarto, maullar y hacer muchos sin tenerlos.

Si en vez de prometerme el cielo me asegurase un infierno entre las piernas.

Y cambiase todas sus colecciones por una antología de polvos de reconciliación.”

Tras un mes en un país extranjero estoy sorprendida de todo lo que se puede aprender en tan corto tiempo, siempre y cuando te fijes en lo que ocurre a tu alrededor, claro. Pero, sobre todo, me siento abrumada ante todo lo que me queda por aprender. Ansío conocerlo todo: las costumbres, las gentes, la comida, los lugares… Es genial cuando camino por la calle confiada en que ya sé moverme por aquí y, de repente, ¡zas!, ocurre algo totalmente nuevo, algo totalmente inesperado que me hace reestructurar todo lo que pensaba que ya sabía sobre este país. Es como volver a ser un bebé conociendo un mundo que es completamente nuevo para él.

Dicen que un clavo saca a otro clavo, pero nadie habla de cómo se queda la tabla. Podéis hacer la prueba: coged una tabla, clavadle un clavo y luego sacadlo clavando otro por debajo. Y luego ese segundo clavo, intentad sacarlo con un tercer clavo. Y luego ese tercero, con un cuarto. Y ese cuarto, con un quinto, etc.

No sé si quedará tabla, pero si queda algo de ella fijo que se queda destrozada, hecha añicos. Al final, por daño que le haga, ya no puede sacarse el último clavo porque es lo que la mantiene, ni siquiera intentándolo con otro. La tabla ya no puede más.

Querido Alejandro y tus tabús (digo tuyos, porque como verás, yo no tengo ninguno);  y querida Daniela y tu miedo al frio eterno (tuyo porque aún no sabes lo que supone el placer de morir en vida con lo que ello conlleva, ese sí que sería mío); y querida Cecilia y tu vida sana (oh, sí, sobre todo a ti); y a ti Jimena y tu reloj (el tiempo siempre tiene hueco en mi jardín); y a ti Laura (sé bienvenida también); y a ti querido profesor, perdón por meter a todos tus alumnos en el mismo saco, del que un día yo misma me escapé.

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¿Qué es Cucuvaya?

Literalmente sería la transcripción al castellano de la palabra griega κουκουβάγια que significa lechuza o mochuelo. La lechuza es el animal que acompaña a la diosa Atenea, protectora de Atenas y símbolo de la sabiduría.