Antiguos alumnos

Casi siempre, casi nunca

“Que yo no quiero la casa, el perro y los hijos.

Que quiero su cuarto, maullar y hacer muchos sin tenerlos.

Si en vez de prometerme el cielo me asegurase un infierno entre las piernas.

Y cambiase todas sus colecciones por una antología de polvos de reconciliación.”

Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo. (Voltaire)

Si tú no me tocaras la piel a escondidas, sería obligatorio inventarte. Tentarte por las esquinas de un lugar que no nos pertenece a devorar mi carne. A pertenecerte. A que recuperes la fe en mí. Que toda la vida de los filósofos es una meditación sobre la muerte (Cicerón)  y yo puedo hacer que todas tus meditaciones giren en torno a mis piernas mientras soy yo la que muere. Puedo correr ese riesgo si eres tú quien va a disparar la pistola en frente de mí.

 

Quien mira hacia afuera, sueña.

Quien mira hacia adentro, despierta. (Carl Jung)

Quien te mira a ti se coloca con tus ojos. Hasta que me tiemblen las manos por la imposibilidad de tocarte. Hasta que se me olviden todas mis adicciones y solo quiera tus jadeos en mi oreja. Por la espalda. Como si fuésemos a bailar toda la noche en el peor antro de la ciudad. Pero sin pista de baile. Sin música. Sin baile. Solo agarrado a mi espalda haciendo amanecer a las estrellas. Que en eso consiste amar, y no en encontrar en la felicidad del otro la propia felicidad (Leibnitz). Ya sabes cómo hacerme feliz. No hace falta que me ames. Solo haz callar a los grillos de la noche con polvos de reconciliación. No hace falta que discutamos. Solo reconciliarnos. A besos. A mordiscos. A gritos ahogados.

 

Si me dejas, puedo llevarte flores al cementerio todas las noches cuando te hayas ido. Para que no me olvides. Para que no te olvides que cualquier lugar puede ser un jardín si crecen las amapolas. Incluso tu mano en mi ropa interior puede hacer crecer flores por debajo de mi ombligo. A tientas. De las que no necesitan luz si las riegan con besos. O con mordiscos.

Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo. (Aristóteles)

Y yo creyendo que los valientes eran los que conquistaban sus miedos en una noche cualquiera de un octubre soleado.

 

Siempre se nos ha dado bien solear octubre con nuestra mirada. Hacer primaveras donde solo cabe el frío y plantar flores donde solo quedaba desierto.

Y en esta, que el sol se ha olvidado de mí había pensado escribirte una carta. Sí, te iba a escribir una carta y te iba a poner tonterías.

Lo típico, ya sabes; “que vacía esta la cama sin ti”, “se me cae la casa encima…” bla, bla, bla.

Luego me he dado cuenta de que nunca fuiste de follar en la cama. Y mucho menos de abrazarme toda la noche. O de prepararme el desayuno; aun sabiendo que nunca desayuno, para no alimentar a mis propios monstruos.

 

Siempre preferiste los ascensores de camino al trabajo.

Aunque solo fuese un piso.

Aunque bajásemos por la escaleras.

Aunque no hubiese ascensor en el que fundirnos.

 

“Yo sigo con vida. Pero me está pidiendo tiempo.”

Quédateme. Ya no creo que vaya a necesitarme más.

Hoy he vuelto a sentir tu calor circular por mi cuerpo.

Hoy he vuelto a respirar.

 

 

amaapola.

 

 

 

 

Queridas personitas que me leéis: nunca he sido de florecer en primavera, así que mi nuevo proyecto florece en otoño: podéis leerme aquí https://www.facebook.com/sonrisadeamaapola más y mejor :)

 

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Autor: amaapola
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