Ética

"Solo cumplía ordenes"

Imagina que vives en un país asediado por el hambre y la pobreza.

Imagina que estás pagando las consecuencias de una guerra que se ha desarrollado hace unos veinte años, que tu familia y las familias de todos tus conocidos están siendo afectadas en gran medida debido a las condiciones abusivas impuestas por los países vecinos. Pasando hambre y penuria, un día aparece un hombre.

Este hombre es carismático y enérgico. Está dispuesto no solo a acabar con la extrema pobreza del país, además de hacer renacer la antigua gloria de tu patria. Sus duras palabras y sus llamativos discursos te embelesan, y gustoso, votas a este “mesías”, con la esperanza de que mejore tu situación actual.

El hombre sale elegido democráticamente, y adquiere el poder. Tu situación y la de tus vecinos mejoran progresivamente. A medida que vas saliendo de la miseria recuerdas, influenciado por los discursos y lleno de odio, que la culpa de tu sufrimiento es de los otros países. Tiempo después, esos mismos países que han hecho pasar hambre a tus hijos declaran la guerra a tu país. Preso por la ira y el adoctrinamiento, te unes a las filas del ejército, con el objetivo de defender a tu país.

Durante la guerra haces cosas indecentes. Matas, torturas, robas y llevas a cabo actos deleznables. Tus superiores te recuerdan que no luchas por una causa menor, que luchas por tu vida y por la de tus seres queridos. Con discursos elaborados te lavan el cerebro y te envía a la batalla. Y tú, como buen soldado que defiende a su país, debes obedecer.

No obstante, como todos los conflictos, este termina y desgraciadamente, estás en el bando perdedor. Inevitablemente te capturan y te juzgan. Estás en ese mismo momento, en el momento en el que debes pagar las consecuencias por tus actos. Todos te miran con una mezcla de horror y desprecio, como si fueras un monstruo. Te piden que digas algo en tu defensa. Levantas la cabeza firmemente y respondes “Yo no soy el responsable. Solamente cumplía órdenes”.

Aunque pueda parecer increíble, este era el punto de vista de muchos de los soldados nazis que fueron ajusticiados tras la segunda guerra mundial en los Juicios de Núremberg. Y es que una de las mayores matanzas de la historia de la humanidad no podía haberse llevado a cabo a la ligera. Alemania fue aplastada bajo el peso de los armisticios firmados tras la primera guerra mundial. Las duras condiciones que países como por ejemplo Francia imponía provocaron el descontento de la población alemana, y fueron la principal razón de que Hitler, con su carisma y oratoria, fuera elegido democráticamente.

No era la primera vez que el pueblo se levantaba con un objetivo común para acabar con el hambre y la miseria. Hitler lo sabía, y lo utilizó a su favor, llevando de su lado a la población alemana como un pastor lleva a su rebaño. Esta es uno de los principales motivos de que la segunda guerra mundial se llevara a cabo: La gente no fue crítica. En ningún momento se paró a pensar que quizá Hitler tuviera ideas demasiado radicales, o que la solución que proponía podía desembocar en un conflicto armado. La gente solo pensó en seguir a un líder. Hoy en día desgraciadamente todavía ocurre. Somos cómodos y buscamos líderes que tomen las decisiones y que tengan la autoridad que nosotros no podemos tener.

Sin embargo, la cuestión que se plantea no es solo que la gente se deja guiar sin tener actitud crítica alguna. El punto principal de esta historia es el siguiente: ¿Hasta qué punto se deben obedecer órdenes?

En el célebre experimento de Milgram se preparó un escenario, en el que había sujetos que debían hacer preguntas y sujetos que debían responderlas. El interés residía en aquellos que preguntaban y aplicaban la descarga eléctrica. Los que respondían eran actores. Supervisando todo el proceso había un “doctor”, otro actor que ordenaba subir la intensidad de las descargas a medida de que los sujetos que respondían erraban.

Evidentemente, hay un límite de voltios que el cuerpo humano es capaz de soportar. Dándose cuenta de que el doctor estaba ordenándoles acercarse peligrosamente a ese límite, algunos sujetos de negaron a seguir con el experimento. No obstante, otros examinados subieron progresivamente la potencia de las descargas eléctricas, incluso escuchando los gritos de dolor que los actores emitían.

Este es un perfecto ejemplo de lo sumiso que puede llegar a ser el hombre. Queremos hacer todo lo que gente nos dice que hagamos. Estamos tan influenciados por las reglas y pautas de conducta que nuestra sociedad ha ido creando que nos hemos convertido en robots, que siguen una rutina programada y que viven bajo los estándares impuestos. Nadie se sale de la línea. Nadie rompe las reglas. Y si alguien tiene el valor de hacer algo distinto de lo que se espera de él se convierte en el blanco de críticas y de una presión social aplastante.

No es que seguir reglas no sea el camino correcto. Sin moral, sin reglas establecidas por el hombre, seríamos animales. La solución radica en no dejarse adoctrinar ni seguir ciegamente un discurso bonito. Solo así nuestra sociedad evolucionará y nos convertiremos en la mejor versión

 

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