Filosofía

El vacío del destino

Imagina no tener que preocuparte nunca más por nada.

Imagina que todos los errores que has cometido en el pasado tienen una justificación, y que tú no eres el culpable de ellos.

Imagina que el futuro ya está escrito, que es inmodificable; y comprenderás entonces que ya no tienes la obligación de planear tu vida al milímetro.

Imagina ahora que eres un esclavo, esclavo de tu propio destino; sin ninguna oportunidad de tomar decisiones conscientes ni relevantes, que repercutan sobre tu vida. Eres tan sólo un muñeco de trapo, arrastrado por las olas de un mar mucho mayor que tu propia e insignificante existencia. Nada de lo que hagas importa. Nada de lo que digas va a cambiar nada.

Porque todo está escrito.

La aceptación de esta idea, de casi este dogma de fe, parece casi demasiado apetecible para resistirse a ella. La liberación de cualquier tipo de responsabilidad por nuestros actos, por nuestros errores, es algo ante lo que cualquiera podría ceder.

Ahora bien, no debemos olvidar que si se nos libera de nuestra culpa, también así de nuestros éxitos y mayores orgullos.

Si suponemos que nada de lo que está ocurriendo en el mundo depende de nosotros, ¿qué pintamos aquí? ¿Qué sentido tiene nuestra existencia? ¿Cómo hacer que nuestra vida sirva para algo si no somos responsables ni de nuestras propias decisiones?

Aunque tal vez parezca inapropiado utilizar este término. Si no somos libres para elegir nuestro propio camino, entonces no existen las decisiones como tales ¿Qué es lo que vas a poder decidir cuando apenas vas a poder pensar con libertad?

Y es que si nuestro destino realmente existiese, ¿cómo podríamos estar seguros siquiera de que el mérito de lo que estamos pensando nos corresponde a nosotros? Tal vez alguna misteriosa e inalcanzable deidad, que controla todo el universo, hubiese entrado al interior de nuestra mente, y configurado nuestro pensamiento, para así hacernos tomar las “decisiones” que a ella le convienen, con el objetivo de obligarnos, de esa forma, a cumplir con nuestro destino.

Tales elucubraciones parecen casi profecías, desvaríos; pero si nos paramos a pensar, tan solo un instante, en lo que realmente implica aceptar la existencia del destino, entonces tendremos que horrorizarnos ante su auténtico sentido.

Sería casi como renunciar a lo que somos, a lo que nos define como especie. Si el ser humano ha tratado, durante milenios, de darle una explicación, un sentido, a todo aquello que nosotros llamamos vida, ¿cómo atreverse ahora a tirar por la borda todo conocimiento alcanzado, toda la historia transcurrida? Si nada de ello nos corresponde, nada es nuestro; entonces es que no somos nada.

Ahora bien, tampoco resultaría apropiado suponer que toda nuestra vida depende, única y exclusivamente, de nuestra propia voluntad. Si bien es cierto que somos nosotros quienes debemos trabajar duro y tomar las decisiones acertadas que nos permitan alcanzar nuestras metas y sueños, es innegable que hay también un importante componente genético en nuestras predisposiciones.

Pero, pese a ello, a mí me gusta pensar que la genética no determina quiénes somos, ni tampoco nuestro futuro. Aunque nuestros caracteres biológicos sean responsables de nuestras capacidades y características físicas, no así de nuestra personalidad y determinación; y por ello debemos trabajar día a día para sacar el máximo partido a aquellas cartas con las que nos ha tocado jugar.

 

 

 

 

 

Redactor del artículo
Autor: Moorea
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