Filosofía

Nuestra constitución: pasado, presente y futuro

El ser humano lleva siglos empeñado en organizarse y jerarquizarse; en establecer normas y conductas a seguir; en saber y determinar lo que está bien y lo que está mal; en luchar, vivir y morir por las causas que defiende como justas.

El permanente enfrentamiento entre sociedades, clases, ideologías e intereses ha marcado, marca y marcará el rumbo de nuestra historia. Por eso es importante saber de dónde venimos si queremos saber hacia dónde ir (decía Napoleón que “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”).

Pero es aún más importante saber de qué manera queremos vivir, influir en los demás y formar parte de nuestra familia, nuestro pueblo, nuestro país y, en definitiva, de esta esfera azul a la que todos estamos atados desde el momento en que nacemos.

En uno de esos intentos por determinar unas normas, por establecer unos derechos y leyes, nació en la antiguar Roma el término “constitución” (del latín constitutio, -ōnis), que designaba las disposiciones legales que reglamentaban algo de manera conjunta. Con el paso del tiempo, la Constitución (ya con mayúsculas) ha acabado siendo la ley fundamental de un estado, que define sus poderes (y la separación de los mismos) y sus instituciones.

En España se han elaborado numerosas Constituciones (la falta de cultura de reforma constitucional ha provocado que hayamos tenido nueve constituciones en tan solo doscientos años). Cuando alguna cosa no nos gustaba, en vez de modificar la Constitución vigente en aquel momento, hacíamos una nueva, provocando situaciones de inestabilidad política y social. Sin embargo, hace casi medio siglo, en 1978, fuimos capaces de establecer una Constitución duradera, la de la transición democrática de nuestro país, que ha conseguido mantenerse hasta nuestros días.

Aun así, el tiempo pasa, y cada vez más españoles están alzando su voz para pedir una actualización de la Constitución para incluir nuevos contenidos y modificar algunos de los actuales. Durante cuarenta años parecía que en España teníamos (quizás sigamos teniendo) cierto miedo al cambio, a proponer y considerar nuevas opciones. Tendemos a agarramos al pasado como si nuestra vida y nuestros habitualmente banales intereses estuvieran en peligro, como si nuestra cómoda existencia pudiese dejar de ser tan cómoda. Pero, la historia demuestra que cuando los cambios se producen, solemos admitir que aquellos locos que abogaban por las reformas tenían razón. Este miedo al cambio parece ser exclusivo de nuestro país. Las constituciones de naciones de nuestro entorno han sido modificadas en numerosas ocasiones: Alemania (sesenta reformas), Estados Unidos (veintisiete), Francia (veinticuatro), Italia (quince)…

Todos vemos cosas muy buenas en nuestra Constitución, pero también cosas a mejorar. El objetivo de una reforma constitucional no es acabar con la Carta Magna, sino propiciar una actualización que permita que siga vigente en el futuro. De hecho, nuestra propia Constitución ofrece la posibilidad de ser reformada como herramienta para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas generaciones.

Como decía, los tiempos cambian y, con el paso de los años, cambian también las pretensiones humanas y las reivindicaciones de la sociedad. El feminismo y defensa de la igualdad de género son ya un fenómeno imparable, especialmente en España, donde las manifestaciones del Día de la Mujer han sido multitudinarias. Durante siglos y siglos la mujer ha estado supeditada al hombre, y ha llegado el momento de que eso acabe. Y tiene que cambiar también en nuestra Constitución, el supuesto espejo donde las ideas de la sociedad del país se ven reflejadas. De hecho, en su artículo 14, esta ya estipula que "los españoles son iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón [...] de sexo". Y, sin embargo, el artículo 57 indica que "la sucesión en el trono seguirá el orden regular de la primogenitura y representación, siendo preferido siempre [...] el varón a la mujer”. Es evidente la contradicción entre ambos artículos, que podría ser subsanada a través de una reforma constitucional.

Las manifestaciones de las que hablaba antes demuestran que el pueblo parece tener voz, pero, ¿es realmente suficiente? En la actualidad, la Constitución exige la ingente cantidad de 500.000 firmas para impulsar una Iniciativa Legislativa Popular, cuando en otros países de nuestro entorno, como Italia (que tiene más población), se necesitan solo 50.000. Además, las propuestas que consiguen llegar a buen puerto pueden ser desestimadas por el Congreso. En una sociedad avanzada como la nuestra, que no tiene miedo a la democracia, debería ser más fácil presentar Iniciativas Legislativas Populares, y estas deberían ser atendidas obligatoriamente por las instituciones, aunque a la postre se vote en contra de las mismas.

Es un hecho que, según nos vamos alejando de nuestro hogar (salimos de nuestro entorno, nuestra comunidad, nuestro país...), nos va importando menos lo que suceda. Pongamos un ejemplo. Cuando se nos presenta una noticia en los medios de comunicación, se hace de la siguiente manera: “Dos españoles mueren en un accidente de avión en Malasia”. ¿Es que solo nos importan los dos españoles? Seguramente esa noticia aparecería en un medio a nivel nacional, pero si un gallego fuese uno de los fallecidos, los medios gallegos dirían: “Dos españoles mueren en un accidente de avión, uno de ellos de origen gallego” ¿Acaso no queremos saber absolutamente nada de las otras ciento cincuenta personas del vuelo? Por lo general, parece que no, que tratamos de cerrar nuestro círculo lo más que podamos.

Esto está directamente relacionado con la cuestión territorial. Es evidente que en España tenemos un problema, y que no hay soluciones mágicas para acabar con él, pero no podemos quedarnos esperando de brazos cruzados a ver si se soluciona solo. Es hora de actuar, y la Constitución puede ser de nuevo la herramienta adecuada para ello. El papel del Senado o las competencias de las Comunidades Autónomas son dos de los apartados que se podían modificar.

Añadir más derechos fundamentales, eliminar artículos desfasados, suprimir la preferencia de la religión católica sobre las demás o actualizar el lenguaje que se utiliza en algunos apartados, entre otras reformas, son, desde luego, temas importantes que también deben ponerse sobre la mesa.

Es evidente que a la Constitución le hace falta un lavado de cara, que solo se puede llevar a cabo si perdemos el miedo. El miedo a romper con todo lo anteriormente establecido, a reconocer los errores cometidos y, sobre todo, a rendirse a la evidencia del paso del tiempo. Desde 1978, la sociedad ha madurado y está lista para seguir avanzando en la democratización de nuestro país.

Son las leyes de una nación las que reflejan lo que la sociedad considera el bien y el mal. Y es innegable que, sutil y paulatinamente, año tras año, día tras día, los valores sociales cambian. La moralidad de la sociedad no es algo estable, inamovible o intocable. Es mucho más que eso, es algo que cambia debido a multitud de factores. La igualdad de género o la eutanasia, por poner dos ejemplos, son temas que han ido cobrando importancia conforme la sociedad ha ido cambiando su parecer al respecto.

El cambio moral de la sociedad debe ir de la mano del cambio de leyes, derechos y libertades. Existe una mayoría social que aboga por la igualdad real de género, que quiere que se faciliten las Iniciativas Legislativas Populares, que desea una solución al conflicto territorial. Es el momento de cambiar las cosas, de analizar el presente y actuar en consecuencia. Esta es y seguirá siendo la única forma de asegurarle un futuro a nuestra Constitución y la única forma de asegurarle a la sociedad un futuro que merezca la pena.

 

Redactor del artículo
Autor: Diego
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