Filosofía

Anáilsis Poselectoral

El pasado 28 de abril, las elecciones en España arrojaron un resultado de amplio voto a la izquierda, una bajada importante del Partido Popular, que durante años gobernó en este país y una entrada de la extrema derecha con 24 diputados.

Cuando se dice como tópico que España es diferente quizás no se esté tan alejado de la realidad; abanderamos los movimientos del 15M, del 8M por la lucha de la igualdad de género, el matrimonio homosexual...en fin, algo habrá de cierto.

La ultra-derecha avanza a pasos agigantados en el mundo, el fenómeno Trump ha sido decisivo, pero en Europa ha tenido un efecto contagio: el populismo, las políticas de inmigración,  las crisis económicas, el capitalismo...en definitiva ha sido un caldo de cultivo creciente.

España no se escapa de esa ola, y las pasadas elecciones andaluzas dibujaron un panorama aterrador con la entrada en el parlamento de 12 diputados que sin pudor ni complejos escupían odio, sectarismo y una añoranza a regímenes fascistas que hacen saltar todas las alarmas. Hay que recordar que la ultra-derecha solo había conseguido en las primeras elecciones democráticas un diputado de extrema derecha, Blas Piñar con el nombre de "Fuerza Nueva". La situación de extremismo se alimenta desde el propio Partido Popular, que entiende que ha de girar hacia ese lado para atraer a votantes descontentos, es decir, volver en definitiva a su pureza ideológica. Pero quizás fue tanta la amenaza que este país sintió, que hubo una movilización tan importante como decisiva; incluso el mismo día de las elecciones, las redes ardieron con un ataque que Vox hacía circular por sus redes sociales, hacia partidos, colectivos y medios de comunicación colocados ante un guerrero portando una espada. Se frenó, en parte, el avance de la ultra-derecha, los ciudadanos manifestaron claramente que no volverían hacia un pasado preconstitucional añorando por este sector sin complejos. Nada de retrocesos sin derechos.

España sabe movilizarse cuando quiere, no huele a rancio, no quiere ese pasado frío y oscuro.

En la resaca poselectoral, el Partido Popular reconoce que este país no decide ir hacia el extremo ultra-derecha. La lectura de sus dirigentes es clara: o se centran o no consiguen tocar poder. 

La izquierda sigue dividida. El PSOE, que consigue ganar, ahora debe decidir si acercarse al centro-derecha, o gobernar con la izquierda de Unidas Podemos, a lo que son reticentes la mayor parte de sus dirigentes y los poderes económicos de este país.

La conclusión es terrible: los ciudadanos saben lo que quieren, pero su voto no es garantía de que sus deseos sean cumplidos. Siguen molestando los nubarrones de los intereses económicos que a través de los medios de comunicación, van a seguir marcando nuestras vidas, y sobre todo la amenaza de la ultra-derecha que dentro del parlamento va a tener una voz ácida y provocadora. Tal parece que su ascenso no es importante al haber conseguido minimizar sus expectativas y me alegro de ver que las suposiciones del anterior ensayo no se cumplieron, pero no por eso debemos olvidarlo. 24 diputados no son pocos. Tiempo al tiempo. La lucha no acaba aquí.

 

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