Hª de la Filosofía

Kant y su rutina

En este trabajo os voy a presentar al filósofo prusiano Immanuel Kant. Bueno, más que presentar, voy a sumergirme en su lado más anecdótico y curioso.

Entiendo que el hecho de relataros aquí en qué consiste, por ejemplo, su “Crítica de la razón pura” solamente provocaría sueño en vosotros. Así que vamos a conocer la faceta menos conocida de Kant pero no a través de mí, sino que de la mano de su siervo Martin Lampe.

Diario de Martin.

Hoy comienza la primavera, nuestro entorno se transforma, florecen los árboles, un tímido calor de verano se manifiesta, las abejas vuelan a nuestro alrededor… En conclusión, es época de cambios… ¡Cambios! ¡Cambios! La palabra impronunciable bajo el techo de mi Señor si se hace referencia a sí mismo. A día de hoy, todavía maldigo el momento en el que me retiré del ejército y acepté vivir como el siervo del gran Immanuel Kant. Este es el hombre más enfermo que he conocido nunca. Siendo más exactos, padece, o eso creo yo, una enfermedad de tipo mental y, según él, varias inexistentes.

Su trastorno mental consiste en una obsesión con los horarios y rutinas establecidos y un temor por la alteración de estos. Parece que exagero, pero no. Todas las mañanas (sin excepción) mi deber es despertarle a las 5 y asegurarme de que no se vuelva a acostar hasta la noche. A continuación, se toma una taza de té aguado (a veces se permite tomar hasta dos) y fuma una pipa, pero jamás más de una. Este tiempo es su momento de relajación y meditación del día. Hasta las 7, ni un minuto más ni un minuto menos, se dedica a trabajar en sus obras y tras esto, comienza sus clases. A las 11, ya finalizadas sus lecciones, se dirige a un bar de la ciudad (siempre el mismo) donde almuerza. Tras un rato allí, a las 3 de la tarde se dispone a pasear por un sendero hasta llegar a casa de su amigo Green. A continuación, vuelve a casa para escribir y a las 7 se toma su cena. Así se pasa los días, meses y años. Antes de aceptar ser su siervo ya era consciente de lo duro que sería, pero lo que realmente me irrita y desespera es saber que mi vida va a ser igual hasta el día que me muera, una vida lineal, triste y sin sentido.

Si esto pareciera poco, aún hay más, este hombrecillo de poca estatura y cabeza grande, vive en una angustia constante. Se podría decir que el concepto de “hipocondriaco” fue creado en su honor. Una de las salas de la casa está repleta de medicamentos contra cualquier tipo de enfermedad o dolencia. Además, está al día de todas las novedades médicas por miedo a sufrir cualquier enfermedad. Y por si todo esto fuera poco, cuando pasea por la ciudad en invierno, únicamente respira por la nariz y se niega rotundamente a entablar cualquier tipo de conversación con nadie, ni siquiera permite que la gente se acerque a saludarle. Para rematar lo anterior, cada mes solicita a la policía documentos de mortalidad actualizados para calcular su propia esperanza de vida.

Sus manías son tales que nunca ha salido de Königsberg ni tiene pensado hacerlo. Por tanto, su idea de playa y montañas solo será real en su cabeza.

Ahora mismo me encuentro escribiendo de madrugada en una sala pequeña que mi Señor me deja reservada en la casa. Se acercan las 5, mañana seguiré escribiendo ya que es lo único que me permite liberarme de esta vida tan aburrida.

Ya han pasado unos cuantos días de primavera y sigo escribiendo. Sin embargo, ya no escribo en mis ratos de tranquilidad mientras Kant duerme. Me siento completamente perdido. No hace mucho, este ha llegado a casa a una hora cualquiera y de su boca salió la frase: “Me abrió los ojos”. Se refería a Rousseau y su obra “Emilio”. Yo todavía no soy capaz de asimilarlo. Ahora, según ha comentado está comenzando un nuevo trabajo “Crítica de la razón práctica”. Personalmente, solo espero que al igual que Kant revolucionó la filosofía al completo, también lo haga con su forma de vivir y no vuelva su maldita antigua rutina.

 

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