Hª de la Filosofía

¿Y si la vida es realmente sueño?

Hay una sensación inexplicable, una especie de premonición, que he sentido alguna vez.

No estoy segura de que la haya sentido todo el mundo, ni siquiera estoy segura de que todo el mundo tenga la capacidad de sentirla; igual solamente me pasa a mí, con mi irritante costumbre de dar vueltas completamente innecesarias a las cosas y obsesionarme con inútiles corazonadas inefables. Es solo un momento, unos segundos en los que mi mente está completamente desconectada de lo mundano, de lo cotidiano; y llega sin avisar, una extraña sensación de irrealidad, la revelación de que nuestro mundo podría no ser real y no tendríamos ninguna manera de saberlo y mucho menos de refutarlo.

La sospecha de que la realidad es una ilusión, un sueño, no es solamente el argumento de Matrix, no es algo moderno, es una idea muy antigua, una idea que mucho antes de preocupar a Neo ya preocupaba a los persas, a los hindúes, a los griegos e incluso al mismo Descartes.

Descartes se adentra de golpe en este escabroso tema con su hipótesis del sueño, en la que básicamente explica cómo no es conveniente fiarse de la percepción sensorial ya que es engañosa: cuando estamos soñando no somos conscientes de ello, por lo que no tenemos ninguna garantía de no estar haciéndolo en este mismo instante. Esta hipótesis nos presenta un gran problema, si es cierto que todo lo que sentimos es parte de un sueño, entonces nos encontramos ante la incapacidad de alcanzar el conocimiento. Nuestro empeño en alcanzarlo se truncaría, además, de manera absoluta; si todo es sueño, si es sueño que esté escribiendo estas palabras o que tú estés leyéndolas, entonces es literalmente imposible fiarnos de nuestra concepción de la realidad, ya que no es la realidad lo que experimentamos. Lo realmente inquietante es que esta hipótesis es una posibilidad lógica, ya que no es una contradicción afirmar que todo lo que estamos percibiendo en estos momentos sea un sueño, o parte de un sueño; de hecho, no tenemos argumentos para afirmar lo contrario con rotundidad.

Descartes nos desarrolla su teoría con su conocido cogito ergo sum; de esta manera todo mi mundo puede no ser más que una ilusión, todo y todos los que creo conocer podrían ser únicamente humo y espejos, pero de lo que no puedo dudar es de que yo, o por lo menos mi mente, existe, ya que pienso; pienso, luego existo. La única certeza que puedo tener, aunque dude de todo, es de la existencia de mí mismo. Pero si nos ponemos radicales, incluso de esto podemos dudar. ¿Qué pasa si somos parte de un sueño de alguien, o personajes de una novela, al igual que lo narrado por Unamuno en su Niebla? ¿Seríamos en ese caso reales? ¿Cómo podemos saber que los personajes creados en nuestra imaginación, tan rápidamente juzgados como irreales por sus propios creadores, no tienen la capacidad de pensar de la misma manera que Descartes? Y bien, ¿quién nos puede negar que no somos producto de la imaginación de alguien (o algo)? ¿No nos haría esto igual de falsos, de irreales, que lo creado por nuestra propia cabeza?

Esto implica conclusiones escalofriantes, de ninguna manera podríamos descartar la idea de que toda nuestra vida no fuera más que el sueño de otro ser, un sueño que dura años, que dura lo que dure nuestra vida entera. Incluso puede ser que, cuando muramos, un extraño organismo extraterrestre se despierte pensando que ha tenido un sueño en el que era un humano que vivía en la Tierra. Parece un final malo de película de ciencia ficción, pero no tenemos modo de refutarlo de manera absoluta. Podría ser que después de morir simplemente nos despertemos con la sensación de que nos estábamos cayendo de la cama, en un cuerpo distinto, en una vida distinta, incluso en una realidad distinta, sin la seguridad de que esa realidad no sea igual de irreal que el sueño del que acabamos de despertar.

Y, de todas maneras, ¿no sería infinitamente más poético despertar de un sueño que ir al cielo? ¿No sería mucho más acertado despertar y darse cuenta por fin de lo que sospechamos a lo largo toda nuestra vida, que todos los esfuerzos realizados con la intención de conseguir algún tipo de resultado no han servido para nada? ¿Cómo iban a hacerlo, si ni siquiera somos seres reales? Tantas preocupaciones para despertar eternamente en una sucesión de dimensiones falsas, hay que reconocer que al menos sería irónico.

Nada puede afirmarnos como tampoco desmentirnos que la vida sea sueño. Y que, tal vez lo sea, pero de nada sirve obsesionarse con ello, ya que, como acaba el segundo acto de la gran obra de Calderón de la Barca, "los sueños, sueños son".

 

Redactor del artículo
Author: Sara
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